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Del libro
“CANTOS
PARA MIS MUCHACHOS”
MEGASALBERTOS
I
Debes, amor, dormir
entre mis brazos
para que sientas el amor despierto;
ven, amor, a entregar tu cuerpo abierto
para morder tu fruta con mis labios.
II
Dulce es coger en
Afrodita flores
de los muchachos en intensas poses,
pero es amargo que al final te asombren:
“¿Y podrías prestarme 20 dólares?”
III
Me
diste un libro, Abel, y qué insinuado
te viste. Mas no creas que soy malo.
¡Una cosa es que acepte tu regalo,
y otra cosa es que estés de regalado!
IV
Dices bien al negar ser sodomita,
pues sin duda que no das por atrás,
ni la das a chupar ni tú la chupas;
sólo me consta, Mario, que te dan.
V
Déjame abrir tus muslos con mis labios
y amarte voluptuoso con mi lengua,
Esteban, con mis besos demorados
en tu redonda flor con que me entiesas.
VI
En
arco le he abierto
las piernas a mi Esteban de rosadas
nalgas, y dice “Alberto,
con mis piernas tensadas
te quiero cabalgar.” Y ya sentadas
van sus nalgas de esbelta
forma moviéndose en mi ardor erguido
y rojo, y no lo suelta
balanceando el sumido
miembro con el vibrar de embravecido
temblor, ojos perdidos,
trepidar de mi vientre bajo el peso
de sus muslos queridos,
y el brinco de su tieso
ardor sobre mi ombligo. ¡Qué travieso!
¡Cómo se balancea!
¡Cómo mueve sus muslos sonrosados,
y cómo los menea
al quedar encharcados
con el blanco vigor… y entrelazados!
VII
Amor
de esbeltas piernas
y tetillas nerviosas y despiertas,
y de nalgas que tiernas
y rotundas y expertas
y desnudas abrasan cuando abiertas.
Oh exuberante Esteban,
desnudo te concedo cualquier cosa
si tus muslos me llevan
por tu espalda nerviosa
y el talle varonil. ¡Supo la diosa
moldeártelas duras
y bellas y redondas, con perfecta
la raja que dulzuras
me brinda cuando inyecta
toda mi conmoción contigo erecta!
Yo te doy lo que sea
por esa delicada rosa estrecha.
Desnúdate y menea
tempestuoso en la mecha,
mueve y tu rosa deja satisfecha.
VIII
Cuando estaba encerrada
en un cuarto de bronce, recibió
Dánae emocionada
al Tonante que llegó
con una lluvia de oro, y se entregó.
Sí supo dar su precio
ella, al menos, por una lluvia de oro;
y tú, muchacho necio,
sueles dar tu decoro
por un par de monedas, ¡y no de oro!
IX
Ay
Dionisos que me inquietas
si en tus dones me emborracho,
y ay Eros que a un muchacho
me empujas con tus saetas,
¡no he de caer en sus tretas!
Firme voy según decido
y yo se los he advertido,
no hay engaños que me muevan.
Mas no me lleven a Esteban,
ay, a él no, ¡que estoy perdido!
X
Sabes que no correteo
a jovencitos como hace
Pan, quien fácil se complace
con cualquiera en su deseo.
Me reservo, ¡ya lo creo!,
demasiado, y tú, traviesa,
por un chico pones tiesa,
desordenas mi osadía:
por Esteban, Kypris mía,
pronto me entrego a tu empresa.
XI
Preguntas, si besarte quiero, Esteban,
cuántos besos espero que me brindes;
y sabiendo que en tal empresa rindes
incansable y dulcísimo, no llevan
mis labios límite a tu boca atenta,
pues poco besa quien los besos cuenta.
XII
“No
sé” respondes siempre para todo,
parece ser tu mantra o tu rosario.
Me aburro de inquirir, cansino Mario,
y es que ni yo con mi silencio jodo.
Mas pronto dices “Sí” cuando el asunto
de “¿Te doy por atrás?” yo te pregunto.
XIII
Ven, no le temas al calor de un lecho,
mi bello, comencemos de costado,
pues el 99 es muy perfecto
para aquellos que no son iniciados;
ya luego variaremos las posturas,
y serás mío, así según te gusta.
XIV
Mientras vas
entiesándome en tus labios,
yo te voy incendiando con saliva,
besándote el redondo ardor que ofreces
entre tus cálidas paredes suaves,
blancas y de adorada incandescencia
cuando las voy abriendo con mis labios.
XV
Agradece, mujer, que tu marido
no busque en otras damas entrepiernas,
y que varones ábranle sus piernas
para amarlo con miembro enardecido.
Tranquila estate dentro de tu nido,
sin apagar la luz de las linternas,
esperando a tu esposo con sus tiernas
caricias y su miembro enardecido.
Tú de los hombres nunca estés celosa.
Él dice que adelante va su esposa
no más; y atrás, los miembros de varones.
Agradece, mujer, y no te alteres,
que tu hombre no conoce más mujeres
que la que él es estando con varones.
XVI
Tiene el amor
eléctrica la fibra
que enlaza (mientras luz al ojo estalla)
un rostro que a través de cables vibra
y un te amo aparece en la pantalla.
Amantes que, buscando sus pasiones,
revelen la verdad sobre su estado,
pues Eros, que los llena de ilusiones,
los ata con los dardos de un teclado.
Trenzando con sus alas cada paso,
de Eros la antorcha inflámales a verse,
el bello dios los mueve a conocerse,
y en el incendio de la antorcha acaso
encuentren el Amor en un extraño
si de las suyas no hace el Desengaño.
XVII
Cándidos jóvenes de amenos cuerpos
riendo gozaban deleitosos baños,
bellos sus miembros, en las pilas públicas,
bellas sus piernas.
Su piel marcada en calzoncillos blancos
se traslucía en formas bien labradas,
redondas, blandas y de muy buen talle.
Claro en mi cuerpo
recuerdo cómo ardían los guacales
al suave tacto de sus manos gráciles
y cómo el agua les bajaba lenta,
tibia en los miembros.
Se divertían dulces y contentos
el uno al otro salpicando en juegos
y acariciaban (sin querer) sus brazos
tibios, trigueños.
Las lavanderas ignoraban, ciegas,
el bello cuadro de los dos muchachos
y el alborozo de éstos en los miembros
húmedos, sueltos
en el feliz vaivén de guacaladas
y de caricias (sin querer) de muslos
con deseables manos voluptuosas.
No ven aquéllas
los signos leves, la pasión latiente,
ni las sonrisas cómplices y hermosas
de los muchachos al burlar al mundo
que ata sus miembros;
pero ellos mismos ignoraban todo
lo que a mis miembros deleitaron, dulces,
y así también que me bañé con ellos,
bellos los miembros
bajo ajustado calzoncillo blanco,
y salpicándoles con agua tibia
que les bajaba lenta por el cuerpo,
lúbrica espalda
y humedecidos muslos firmes, suaves,
y unas caricias se deslizan cálidas
y (sin querer) incendian todo el cuerpo
de los bañistas. |